lunes, 3 de junio de 2019

TRABAJO Y PRODUCCIÓN

La inmensa mayoría de los seres humanos hemos de trabajar para subsistir. A uno le puede gustar más o menos su trabajo pero, en todo caso, no deja de ser una obligación para la supervivencia del individuo o la familia. Lo peculiar del trabajo es que se agota en ese proveer la supervivencia, lo cual implica una dedicación de por vida, aunque en las llamadas las “sociedades del bienestar” (que son muy pocas) haya excepciones a esta regla, como la jubilación, las vacaciones pagadas o la baja por enfermedad. Aquí, en todo caso, vamos a referirnos a lo que fue el trabajo para la inmensa mayoría de la población hasta la época moderna, y lo que sigue siendo en la mayoría del planeta.

Como hemos dicho, el trabajo como tal implica una serie de tareas que se agotan en la mera supervivencia de la familia. Bien es cierto que el trabajo puede implicar la fabricación de un producto que perdure, pero el objetivo primero del trabajo en sí es poderlo intercambiar por nuestros medios de subsistencia.


El caso es que el resultado del intercambio de nuestro trabajo en una sociedad especializada se consume de manera inmediata y nos devuelve a la constante condición de indigencia material que supone la vida humana, finita y mortal. Si bien el hombre primitivo tenía que cazar y recolectar cada día para sobrevivir, actualmente vivimos en un sistema más complejo en el cual se da un intercambio de nuestra fuerza (física o intelectual) por dinero que, en parte, utilizamos para proveernos de los medios de supervivencia necesarios. Precisamente porque en el modo de producción capitalista hay una tendencia a confundir el trabajo con la producción, me interesa especialmente aclarar aquí la diferencia entre ambos.

Frente a la acción moral responsable que consideramos libre, el trabajo es el ámbito de la necesidad. Sólo elegimos trabajar en la medida en que elegimos subsistir. El trabajo no está relacionado con el ejercicio de nuestra libertad, sino que, por el contrario se inserta en el contexto de nuestras necesidades, justo en aquello que no somos libres de elegir. O, como vamos a ir señalando, nuestra finitud: la mayoría de nosotros sólo podemos elegir el trabajar o no en el mismo sentido que elegimos sobrevivir o no. El trabajo no es agradable. Hoy en día se intenta vender la idea contraria de que el trabajo nos realiza, pero esto no se ajusta a la realidad histórica y social. Puede que haya algunos trabajos más o menos creativos, pero el trabajo como tal, es una obligación. La palabra, de hecho, proviene del latín “tripalium” que era un método de tortura usado en la Edad Media.
El trabajo es una actividad que nos acompaña como humanos a lo largo de toda nuestra vida, y que nos hace humanos (ni los dioses ni los animales tienen que trabajar) en el sentido en que es algo con lo que tenemos que cargar. En el mismo mito bíblico de la fundación de la humanidad (y también en los de otras tradiciones) el trabajo es concebido como un castigo divino. Es el castigo mismo en que consiste la humanidad, ya que a través de su inevitable reiteración nos recuerda constantemente nuestra finitud, nuestra batalla contra la muerte que, al final, siempre hemos de perder.

Frente al trabajo, se sitúa la producción. Cuando una civilización adquiere la suficiente complejidad como para que aparezca la división del trabajo se hace posible la especialización, y, por lo tanto, aparecen personas que realizan productos destinados a durar y perdurar más allá de los estrechos límites de la vida individual. La producción abarca desde un simple utensilio de cocina a una catedral. Toda obra humana, tenga utilidad o no, sea obra de arte o artesanía, escapa a los estrechos límites del trabajo, es hecha para ser utilizada una y otra vez o para quedar en la memoria de la humanidad. En este sentido se puede decir que la producción apunta a aquella aspiración humana de infinitud, de inmortalidad y justo por ello se opone radicalmente al trabajo. Lo producido también nos precede, y, en este sentido nos proporciona las señas de nuestra identidad: así ocurre con la casa familiar o la iglesia del pueblo o las calles de la ciudad o los libros que hemos leído.

O al menos, así era hasta hace un siglo. Ya hemos dicho que en el mundo capitalista se van a mezclar y confundir los dos conceptos. La sociedad industrial y capitalista, con su necesidad inmanente de aumentar el consumo más y más, va produciendo cada vez más objetos, que han de durar menos (para poder ser reemplazados cuanto antes) y que por tanto ya no tienen vocación de perennidad ni de facilitar una  identidad. La sociedad de consumo podría ser definida en este sentido como la sociedad de la producción desechable.

Al mismo tiempo, la producción industrial en cadena hace cada vez  más difícil distinguir el trabajo de la producción, de manera que han desaparecido (casi por completo) los artesanos y sólo hay obreros más o menos especializados. Un obrero pertenece al mundo del trabajo, ya que lo que hace es intercambiar por dinero (necesario para vivir) su fuerza (física o intelectual) de trabajo. Desde el punto de vista de la producción que cada vez es más anónima, cada obrero de los que forman parte de ella es sólo una pieza de una inmensa maquinaria productora. Los obreros se especializan cada vez más en realizar acciones muy simples y repetitivas, perdiendo de vista la totalidad del producto; de esta manera aumenta la productividad de las empresas (esto es el taylorismo y el fordismo), pero también la alienación de los trabajadores. Esta alienación en el trabajo ha sido uno de los temas más señalados por el marxismo.

También es característica de nuestra sociedad la sobreabundancia de bienes cada vez más superfluos, la durabilidad cada vez menor de los productos fabricados (obsolescencia planificada) y el incesante aumento de la publicidad para crearnos el sentimiento de necesitarlos. En este sentido se puede decir que en los países donde se impone el capitalismo ya no se trata tanto de trabajar para sobrevivir, sino de trabajar para consumir (cuanto más mejor).

La producción es aproximadamente lo que constituye el objeto de la Estética, y por eso tampoco nos vamos a dedicar a ella en este blog. A diferencia de la ética, en la que se reflexiona sobre la acción humana, en la estética se reflexiona sobre el producto de esa acción, que es el objeto de la estética: la obra de arte.

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