La inmensa mayoría de los seres humanos
hemos de trabajar para subsistir. A uno le puede gustar más o menos su trabajo
pero, en todo caso, no deja de ser una obligación para la supervivencia del
individuo o la familia. Lo peculiar del trabajo es que se agota en ese proveer
la supervivencia, lo cual implica una dedicación de por vida, aunque en las
llamadas las “sociedades del bienestar” (que son muy pocas) haya excepciones a
esta regla, como la jubilación, las vacaciones pagadas o la baja por
enfermedad. Aquí, en todo caso, vamos a referirnos a lo que fue el trabajo para
la inmensa mayoría de la población hasta la época moderna, y lo que sigue
siendo en la mayoría del planeta.
Como hemos dicho, el trabajo como tal implica una serie de tareas
que se agotan en la mera supervivencia de la familia. Bien es cierto que el
trabajo puede implicar la fabricación de un producto que perdure, pero el
objetivo primero del trabajo en sí es poderlo intercambiar por nuestros medios
de subsistencia.
El caso es que el resultado del
intercambio de nuestro trabajo en una sociedad especializada se consume de
manera inmediata y nos devuelve a la constante condición de indigencia material
que supone la vida humana, finita y mortal. Si bien el hombre primitivo tenía
que cazar y recolectar cada día para sobrevivir, actualmente vivimos en un
sistema más complejo en el cual se da un intercambio de nuestra fuerza (física
o intelectual) por dinero que, en parte, utilizamos para proveernos de los
medios de supervivencia necesarios. Precisamente porque en el modo de
producción capitalista hay una tendencia a confundir el trabajo con la
producción, me interesa especialmente aclarar aquí la diferencia entre ambos.
Frente a la acción moral responsable que
consideramos libre, el trabajo es el ámbito de la necesidad. Sólo elegimos
trabajar en la medida en que elegimos subsistir. El trabajo no está relacionado
con el ejercicio de nuestra libertad, sino que, por el contrario se inserta en
el contexto de nuestras necesidades, justo en aquello que no somos libres de
elegir. O, como vamos a ir señalando, nuestra finitud: la mayoría de nosotros
sólo podemos elegir el trabajar o no en el mismo sentido que elegimos
sobrevivir o no. El trabajo no es agradable. Hoy en día se intenta vender la
idea contraria de que el trabajo nos realiza, pero esto no se ajusta a la
realidad histórica y social. Puede que haya algunos trabajos más o menos
creativos, pero el trabajo como tal, es una obligación. La palabra, de hecho,
proviene del latín “tripalium” que era un método de tortura usado en la Edad
Media.
El trabajo es una actividad que nos
acompaña como humanos a lo largo de toda nuestra vida, y que nos hace humanos
(ni los dioses ni los animales tienen que trabajar) en el sentido en que es
algo con lo que tenemos que cargar.
En el mismo mito bíblico de la fundación de la humanidad (y también en los de
otras tradiciones) el trabajo es concebido como un castigo divino. Es el
castigo mismo en que consiste la humanidad, ya que a través de su inevitable
reiteración nos recuerda constantemente nuestra finitud, nuestra batalla contra
la muerte que, al final, siempre hemos de perder.
Frente al trabajo, se sitúa la
producción. Cuando una civilización adquiere la suficiente complejidad como
para que aparezca la división del trabajo se hace posible la especialización,
y, por lo tanto, aparecen personas que realizan productos destinados a durar y
perdurar más allá de los estrechos límites de la vida individual. La producción
abarca desde un simple utensilio de cocina a una catedral. Toda obra humana,
tenga utilidad o no, sea obra de arte o artesanía, escapa a los estrechos
límites del trabajo, es hecha para ser utilizada una y otra vez o para quedar
en la memoria de la humanidad. En este sentido se puede decir que la
producción apunta a aquella aspiración humana de infinitud, de inmortalidad y
justo por ello se opone radicalmente al trabajo. Lo producido también nos
precede, y, en este sentido nos proporciona las señas de nuestra identidad: así
ocurre con la casa familiar o la iglesia del pueblo o las calles de la ciudad o
los libros que hemos leído.
O al menos, así era hasta hace un siglo.
Ya hemos dicho que en el mundo capitalista se van a mezclar y confundir los dos
conceptos. La sociedad industrial y capitalista, con su necesidad inmanente de
aumentar el consumo más y más, va produciendo cada vez más objetos, que han de
durar menos (para poder ser reemplazados cuanto antes) y que por tanto ya no
tienen vocación de perennidad ni de facilitar una identidad. La sociedad de consumo podría ser
definida en este sentido como la sociedad de la producción desechable.
Al mismo tiempo, la producción industrial
en cadena hace cada vez más difícil
distinguir el trabajo de la producción, de manera que han desaparecido (casi
por completo) los artesanos y sólo hay obreros más o menos especializados. Un
obrero pertenece al mundo del trabajo, ya que lo que hace es intercambiar por
dinero (necesario para vivir) su fuerza (física o intelectual) de trabajo.
Desde el punto de vista de la producción que cada vez es más anónima, cada
obrero de los que forman parte de ella es sólo una pieza de una inmensa
maquinaria productora. Los obreros se especializan cada vez más en realizar
acciones muy simples y repetitivas, perdiendo de vista la totalidad del
producto; de esta manera aumenta la productividad de las empresas (esto es el
taylorismo y el fordismo), pero también la alienación de los trabajadores. Esta
alienación en el trabajo ha sido uno de los temas más señalados por el
marxismo.
También es característica de nuestra
sociedad la sobreabundancia de bienes cada vez más superfluos, la durabilidad
cada vez menor de los productos fabricados (obsolescencia planificada) y el
incesante aumento de la publicidad para crearnos el sentimiento de
necesitarlos. En este sentido se puede decir que en los países donde se impone
el capitalismo ya no se trata tanto de trabajar para sobrevivir, sino de
trabajar para consumir (cuanto más mejor).
La producción es aproximadamente lo que
constituye el objeto de la Estética, y por eso tampoco nos vamos a dedicar a
ella en este blog. A diferencia de la ética, en la que se reflexiona sobre la
acción humana, en la estética se reflexiona sobre el producto de esa acción,
que es el objeto de la estética: la obra de arte.


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