viernes, 4 de julio de 2025

LA IDEA DE LA DEMOCRACIA Y EL “DRET A DECIDIR”


La Ética ilustrada, representada por Kant, abandera el valor de la libertad. Kant distingue entre éticas autónomas basadas en la libertad y éticas heterónomas, basadas en algún otro valor que supuestamente debería dirigir todas nuestras acciones.
Para Kant, la cuestión de la autonomía moral es la cuestión de la mayoría de edad de la humanidad. El hombre que se ha hecho mayor de edad debe decidir por sí mismo, autodeterminarse y no dejarse determinar por ninguna autoridad (el cura, el médico, el político).
Evidentemente, esta manera de pensar implica automáticamente una plena igualdad de todos. Si cada uno se debe autoderminar o, al menos debe ser tratado como si lo hiciera, esto quiere decir que nadie puede “mandar” en nadie. Todos somos adultos responsables iguales entre sí.
De aquí a la idea de democracia[1] sólo hay un paso. Este paso consiste en la aceptación plena de la palabra, a la que hubo mucha resistencia hasta bien entrado el siglo XX, ya que por democracia se entendía “el gobierno de la plebe o de los pobres o de los ignorantes” y esto no era visto con buenos ojos por las clases dirigentes hasta hace cuatro días. Es más, tenemos serias dudas de que aún hoy día sea visto con buenos ojos, aunque sea lo “políticamente correcto” y nadie se atreva a emitir en público una opinión contraria.
Ahora bien para entender correctamente la idea de democracia, lo primero que tenemos hacer es desterrar de nuestra mente la simplicidad de entenderla como un sistema político en el que se vota poco o mucho.
La democracia es ante todo un “sistema de garantías” que hacen efectiva la autodeterminación individual en el grado más elevado posible. Aceptaremos que, en sentido amplio, una democracia debe suponer las siguientes reglas de juego:
1.      Todo el mundo tiene derecho a expresar su opinión y a ser escuchado.
2.      Las decisiones políticas deben tomarse de manera colectiva y, en ningún caso, se pueden tomar contra la voluntad de la sociedad.
3.      Las leyes son para todo el mundo y todos somos iguales ante las leyes.
4.      La regla de la mayoría no puede ser la opresión de la minoría. Tiene que respetarse el derecho a ser o sentir de manera diferente (di-sentir).
5.      El valor asociado es la tolerancia y la pluralidad política.
Con esta breve caracterización ya constatamos que, en sentido estricto, hay muy pocas democracias en el mundo. Yo nunca soy escuchado sobre las cuestiones importantes que debaten los políticos, sobre las cuales, muchas veces, ni siquiera soy informado de manera veraz y suficiente. Para la mayoría de decisiones no me tienen en cuenta, y, de hecho, no todos somos iguales ante la ley.
Cuando se confunde una democracia con un sistema en el que las mayorías (usualmente baja la influencia de un gran aparato publicitario) pueden aniquilar a las minorías (sea físicamente, sea culturalmente) se está confundiendo la democracia con el totalitarismo.
Precisamente como salvaguarda para esta posibilidad siempre implícita en las democracias contemporáneas y tras la aparición de los terribles totalitarismos de los años 30 del s. XX en Europa, se decidió llevar a cabo una legislación universal que hiciera imposible el abuso de las minorías o de los individuos por parte del Estado. Esta es la idea de la Declaración Universal de los Derechos Humanos realizada en 1948.
Así, en resumen,  podemos decir que esta declaración es la salvaguarda de la democracia entendida como sistema de garantías. El hecho de que sea incumplida sistemáticamente por todos los Estados del mundo nos aproxima a la verdadera realidad de la democracia actual.
Creo que este es un marco teórico apropiado para una breve reflexión sobre el “dret a decidir” y el uso de este eslogan por parte de algunos.
Desde el punto de vista democrático, el derecho a decidir es algo inalienable, que ni una constitución ni nadie puede negar o permitir. Los derechos universales y fundamentales, la libertad misma, está por encima de cualquier constitución, ya que toda constitución sólo puede ser una expresión de esa libertad ciudadana. Parece que no habría nada más que decir. Sin embargo,…
Bajando a la arena política, parece muy curioso que aquellos que invocan el “derecho a decidir” en una cuestión que no crea consenso, sino más bien división de la ciudadanía catalana, no mencionan ese derecho en relación con las agresiones más brutales de que hay constancia contra la clase trabajadora y los derechos sociales. Da la impresión que un referendum sobre esta cuestión (¿está usted a favor de los recortes en educación y sanidad?) sí que gozaría del consenso en la población.
Cuando no hay un consenso tan claro las cosas no son tan simples. Lo primero que sorprende cuando uno oye las declaraciones de los partidarios del “dret a decidir” es que no todos se ponen de acuerdo sobre el significado. Los menos son prudentes y dicen que habría que escuchar a las urnas, pero los más se apresuran a considerarlo solamente un paso previo de la declaración de independencia y por ello, antes de consultar al pueblo, ya están creando “estructuras de Estado” que serían un dispendio injustificable si no se diera por descontado el resultado de la votación.
Llegados a este extremo y desde la pura formalidad de la democracia hay varias preguntas que nadie responde: 1) Si para cambiar los estatutos de una comunidad de vecinos se necesitan 2/3 de los votos, para cambiar el estatuto político de una región europea ¿qué mayoría es necesaria? ¿bastaría con un 50,01%? ¿sería reversible la decisión si la mayoría cambiase? Y 2) Si por algún improbable azar se celebrase la consulta y perdiese el independentismo ¿qué pasaría? ¿se zanjaría el asunto o habría que volver a votar anualmente hasta que cambiase la mayoría?
Obviamente, no veremos la respuesta a estas cuestiones, aunque ya está dada. Sin embargo, el introducir en el debate político y social la cuestión identitaria (puesto que en el fondo se trata del sentimiento de identidad de cada cual) no sólo ha permitido continuar impunemente con los recortes de derechos, de democracia y de ciudadanía, sino que se hace sin pagar un precio político e incluso expulsando ese posible debate de la esfera pública y de los medios de comunicación más o menos dóciles.
Es más interesante observar como al introducir este elemento en la lucha partidista salen ganando tanto la derecha española como la catalana, ya que ante el planteamiento identitario da la impresión de que sólo cabe definirse “contra algo”. De golpe, por arte de birlibirloque los malos de la película ya no son los especuladores y la oligarquía económica, sino el “nacionalismo espanyol” o el “nacionalismo catalán”.
Que una de las tácticas de los poderosos (que no son demócratas) sea la de utilizar los medios de control del pensamiento para dividir a los oprimidos y poderlos exprimir un poquito más no es nada nuevo.
Sin embargo, la verdad se pone de manifiesto de manera inmediata en cuanto que la burguesía utiliza el único argumento para ella realmente convincente: el económico. Cataluña debería ser independiente porque “Madrid nos roba”. Para desentrañar la veracidad de este argumento sería importante hacer una lista de todos los que nos roban: los de aquí y los de fuera. Y saber por qué, a diferencia de otros lugares, aquí no van a la cárcel, ni se habla de ellos[2]. O por qué el salario del President es el doble que el del Presidente[3]. O si realmente necesitamos la “oficina del expresident”. Por cierto, si el argumento económico fuera el esencial, tampoco habría motivo para que Lleida o Girona tuviesen que mantener la miseria y el paro del cinturón rojo de Barcelona.
Aclarados los conceptos previos y sin negar la oportunidad de un debate identitario sólo cabe delimitar la pregunta del referendum ¿de quién se siente usted más cercano: de un trabajador español o de la burguesía catalana? Esta es la pregunta que honestamente cada uno de nosotros debe responder. A lo mejor descubrimos que nuestra ideología política no es la que pregonamos públicamente.




[1] Para aclarar la realidad histórica de esta idea es muy útil leer a A. Arblaster: Democracia.