Si bien todas las cosas del mundo (y aquí
incluyo plantas y animales), de una forma u otra se mueven o cambian, podemos asegurar que en rigor, el ser humano es
el único que actúa. La diferencia es
clara: mientras el movimiento de cualquier ser (objeto, planta o animal) es un
movimiento que obedece a unas causas,
la acción no está causada, sino motivada.
En el mundo moderno entendemos que la
naturaleza está regida por unas leyes, como la ley de la gravedad, que hacen
que los cuerpos caigan de manera inevitable. Este es el significado estricto
que le debemos dar a la palabra “ley” y a la palabra “necesidad”. Desde el
inicio de la filosofía, todos los pensadores asociaron lo que ocurre en la
naturaleza con una necesidad.
También hablamos de leyes en el mundo
humano, pero no es difícil comprobar que su significado es muy diferente, ya
que no están dotadas de esta necesidad. Las leyes humanas pueden ser y son
incumplidas a menudo, aunque acarreen las peores consecuencias, como el
asesinato, que puede comportar la pena de muerte en algunos lugares, lo que no
impide que siga habiendo personas que asesinan a otras.
Ahora bien, hay un tipo de acción que
los filósofos siempre han considerado de especial relevancia, a saber, todo lo
que tiene que ver con el pensamiento, la reflexión, la comprensión y la mera
contemplación. Para remarcar esta diferencia, Aristóteles es el primer filósofo
que establece una distinción entre la Vida Activa y la Vida Contemplativa, que son, algo así como dos maneras
diferentes de vivir, dos estilos de vida. Se puede vivir, simplemente
“actuando” o se puede vivir, además, reflexionando
sobre ese “actuar” y sobre todo lo que nos rodea en el mundo. Obviamente, lo
que es de todo punto imposible, es vivir sin actuar. La Vida Contemplativa no es una negación de la acción, sino una
especie de acción de segundo grado que hace posible relativizar la mera acción,
ponerla a prueba y situarla en el todo del mundo y de nuestra vida. A Sócrates
se le atribuye la máxima de que “una vida no examinada no merece la pena de ser
vivida”.
Ciertamente no se puede vivir sólo
contemplando (es más bien una cuestión de grados), pero aquél que nunca
reflexiona sobre lo que hace es presa fácil de sectas, ideologías, mitos y todo
aquello que la sociedad del caso da por “evidente” o por “supuesto”. Hoy en día
diríamos: de la “corrección política”.
Es un hecho que la Vida Contemplativa no es posible para todo el mundo, no para
aquella mayoría de humanos que deben trabajar de manera alienante para
simplemente sobrevivir, pero también hay otros que pueden y no lo hacen, por lo
que es innegable que su realización también implica una determinada actitud
ante la vida.
La Vida
Activa se divide a su vez en tres especies diferentes, de las que
hablaremos en próximos artículos (trabajo, producción y acción -moral o
política- propiamente dicha). Por el
momento sólo era mi intención poner de manifiesto que existe la posibilidad de
una Vida (más o menos) Contemplativa
y que, por muy desprestigiada que esté hoy en día, no sólo ha sido
tradicionalmente la más altamente valorada por todos los filósofos (la que
tenía más “likes”), sino que es la que en su desarrollo ha llevado al ser
humano al lugar en que nos encontramos ahora. Por eso es mi intención deshacer
el nudo gordiano de la acción empezando por esta distinción.
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