viernes, 23 de noviembre de 2012

SOBRE LA CRISIS


(Este texto lo escribí hace unos 15 años, cuando la crisis "económica" no había asomado la nariz. Creo que no me debo retractar de nada de lo que escribí. Porque, por supuesto, la crisis actual no es económica. Simplemente estamos asistiendo a una restauración política, a un puñetazo sobre la mesa en que los poderosos dejan claro que no están dispuestos a transigir con el desarrollo de una verdadera democracia).

AVENTURAS Y DESVENTURAS DE LA RAZON
(Breve historia de las crisis de aquí)

Nuestro propósito más inmediato es aclarar en la medida en que sea posible cuál es nuestro estado actual por lo que al espíritu se refiere. Cuál es nuestra situación. Esta situación será definida como crisis, como ruptura crítica con la tradición, y para no contar historias verosímiles pero falsas hemos de hacer varias operaciones:

1.      Poner entre paréntesis el concepto de crisis y redefinirlo.
2.      Buscar tan lejos como sea necesario las raíces de nuestro estado actual.
3.      Poner entre paréntesis las usuales divisiones en etapas de la historia.


Hemos de hacer como si nos enfrentásemos por primera vez con la historia. Poner entre paréntesis la historiografia oficial (es decir, la ciencia histórica) no implica negar ninguna de sus afirmaciones usuales, sino sencillamente entenderlas como pendientes de aclaración y demostración. Así, comenzaremos por el concepto de crisis. ¿Qué es una crisis? ¿Cuándo podemos hablar de crisis en un periodo histórico? Es evidente que no nos referimos a una crisis, por ejemplo, económica, ya que durante una buena parte de la historia esta acepción del término sería inaceptable. Pero, ¿qué es una crisis de otro tipo? ¿Cómo su puede medir una crisis “espiritual”? La resolución que tendríamos que tomar en principio es la de hablar sólo de crisis cuando esta sea la comprensión que tienen los agentes históricos de su propio presente, cuando ello esté documentado. Y además entendiéndola en el mismo sentido en que ellos utilicen el término. Esto plantea un problema, y es que el término crisis parece ser un término que responde a modas. Hay épocas muy críticas en que el término apenas aparece (o no existe) y hay épocas en las que se produce un abuso instrumental del término (como en nuestra época).

Crisis es una palabra de origen griego (el verbo krinein)  y que en principio significaba delimitar, dividir, cortar (de aquí también viene la palabra “criterio” o “crítica”). Antiguamente (griegos y romanos) podían hablar de “crisis”, pero para ellos no tenía un sentido especial, sino muy cotidiano. Sólo muy recientemente (con el nacimiento de la historiografía) la palabra crisis ha comenzado a tener el sentido dramático al que estamos acostumbrados. En todo caso, debemos entender por crisis una clara división, lo que implica una ruptura, un tiempo en que todo lo que valía hasta el momento deja de valer. Lo que “valía hasta el momento” recibe el nombre usual de “tradición”. Por lo tanto, podemos definir un periodo de crisis como aquél en que se rompe, en algún sentido, con la tradición. La crisis será más aguda cuanto más profunda sea la ruptura, cuanto menos validez tenga la tradición. En este sentido, hemos de apreciar que la existencia de una crisis (que para nosotros siempre será espiritual) no tiene nada que ver con el bienestar material de una sociedad o con el progreso tecnológico o científico.

Una de las crisis más espectaculares y profundas de la historia es la que tiene lugar en el periodo helenístico. Esta crisis tendrá consecuencias tan amplias como la de dar fin al mundo clásico y propiciar el nacimiento de un mundo nuevo que será el mundo medieval. Observamos en el ambiente intelectual de la época, sobre todo hacia el s. II y III después de Cristo, que las soluciones de los grandes sistemas filosóficos clásicos (Platón y Aristóteles) ya no sirven. Sencillamente no proporcionan lo que el mundo necesita en aquél momento: la salvación. Todas las filosofías en aquél momento (gnosticismo vulgar y culto, estoicismo, escepticismo, epicureismo, cristianismo...) son filosofías que ponen en la salvación del alma el acento, el punto central de su discurso. Toda ética, política, metafísica o lógica están en función de ello. Por salvación se entiende la consecución de la felicidad más alta humanamente posible, y todo ello ligado siempre a una teoría del sabio: la misión del saber es la de hacernos felices. El sabio es aquél que sabe vivir, que no pierde el tiempo en las pequeñeces de la vida, que orienta su vida de acuerdo con el orden del universo (que es preciso conocer) y que por ello salva su alma. Creemos que es legítimo pensar que el sentido de todas estas filosofías es el de servir a la reparación de una angustia vital de base, sentimiento en el cual sustentaríamos nuestra apreciación del helenismo como momento de crisis profunda. En esta época, el mundo, tal como es, no colma las expectativas espirituales de los individuos. Los individuos se sienten perdidos en un mundo que supera su medida. Hemos pasado de la pequeña polis a la gran oikumene. El individuo se siente perdido en un mundo sin identidad, sin patria, sin hogar. En este contexto aparecen las filosofías de la salvación.

Siendo fieles a nuestro concepto de crisis, no podemos hablar de crisis en la Edad Media. Al menos en la Alta Edad Media. El problema de la Edad Media es que en ella se suele resumir un periodo demasiado extenso y demasiado diferenciado como para poderlo meter todo en el mismo saco. Pero empecemos por el principio.

            En la Alta Edad Media (desde S. Agustín hasta Santo Tomás de Aquino) el valor fundamental es el de “tradición” que hemos definido justamente como el antitético de crisis. Hay una clara conciencia de la superioridad de maestros (Aristóteles, Platón) y épocas anteriores. La misión del presente es mantenerse al cuidado de las reminiscencias del pasado y recuperarlo en la medida en que sea posible. Hay verdadera veneración al pasado, a la tradición y a todo aquello que nos identifica como “nosotros”. Socialmente se ha vuelto a la estructura rural más sencilla posible y espiritualmente hay la certeza de un único Dios verdadero. Se ha acabado con todo tipo de escepticismo y duda. Cuando no hay crisis, como en este periodo, el hombre tiene claro su destino en la tierra, el sentido de su vida y la misión que le toca cumplir. Sin embargo, en este aparentemente coherente periodo histórico hay que señalar pequeñas quiebras como por ejemplo la necesidad de la demostración de la existencia de Dios y la progresiva autonomía de la razón respecto a la fe. Todo esto comenzará a dar sus frutos a partir del s. XIII en el que la sociedad se ha ido haciendo más urbana, ha nacido la universidad, aumenta la comunicación entre todos los pueblos (también con los infieles) y las discusiones intelectuales y teológicas cada vez se van haciendo más sutiles. La experiencia religiosa del pueblo, la vivencia de la fe, comienza a estar muy lejos de las discusiones lógicas o dialécticas de la universidad.

La crisis del Renacimiento es justamente esta crisis que se va gestando poco a poco y en la cual se rompen muchos de los esquemas del periodo anterior. La ruptura fundamental es la que se produce entre teocentrismo y antropocentrismo. Deja de interesar en Dios todopoderoso y comienza a interesar el Dios humano que sufre. Esto ya es signo de un nuevo desasosiego en el horizonte. Según todos los indicios, confirmados por el objetivo historiador italino Guicciardini, el mundo está a punto de acabar. Eso es lo que ve claro el vate Savonarola. La guinda final de este desaguisado la colocará Lutero (y Calvino y los demás) con una nueva concepción de la religión en la cual se ha roto justo lo que la definía durante todo el medievo: la tradición. Cuando Lutero no acepta como única la interpratación papal y conciliar de la Biblia, o cuando defiendo el principio de la fe (invisible) frente a las obras, está rompiendo con el componente de tradición que tiene la religión cristiana. Para él, el fenómeno religioso no es un fenómeno social o comunitario (al menos no de una comunidad visible para los hombres, sino sólo para Dios). Es un fenómeno en el cual se encuentra el hombre solo frente a Dios. Por ello se separan absolutamente fe y razón. Observemos que esta es la tarea básica de la reforma protestante, a la vez que de la filosofía de estos siglos, redefinir y delimitar las relaciones entre razón y fe. La fe sólo responde a nuestra relación (solitaria) con Dios, mientras que la organización de la Iglesia (y, por supuesto, de la sociedad) se ha de regir por principios racionales. Todas las tesis de Lutero tienen que ver con ello. A partir de ahora, el hombre terreno tiene que reinventar su misión en la tierra. Desde el mismo punto de vista hay que ver el ataque de Lutero a la jerarquía eclesiástica, basado en el principio de igualdad de todos los cristianos. Observemos que frente a la pérdida de autoridad de la Iglesia, habrá un aumento espectacular de la confianza en la razón como autoridad última. Podemos aquí constatar la antítesis entre razón y tradición. Una gana lo que la otra pierde[1]. A partir de aquí podemos construir una buena definición del Barroco: el triunfo absoluto de la razón (Leibniz, Spinoza, Descartes) por lo que a la vida terrenal se refiere.

El Barroco es ya la prefiguración del Romanticismo por lo que se refiere a la misión del hombre en la tierra, a su aspiración al infinito. Una clara expresión de lo que será más tarde la encontramos en el manierismo de M. Angel (Vid La Creación de Adan en la Capilla Sixtina).

            Una de las características que configuran el Renacimiento es el platonismo. Si Aristóteles (sinónimo de El Filósofo en la E. Media) representa la Lógica, la escolástica y una ciencia normalizada que llega a su cénit en la Summa de Sto. Tomás de Aquino, siendo representante (sin él quererlo, por supuesto) del Teocentrismo medieval, Platón significa la vuelta al hombre como aspiración. El centro del mundo es ahora el hombre. Pero el hombre queda definido como una aspiración a la perfección. Es un hombre “tocado por la divinidad” (M. Angel) que ve el mundo de las Ideas, la perfección posible, pero no puede vivir en ella. Esa es su tragedia y expresión de la crisis manierista como muestran la figuras angustiadas miguelangelescas (el diluvio por ejemplo) que no caben en el espacio.

El mismo fenómeno cabe observar en la literatura española de la 2ª mitad del s. XVI  y comienzos del XVII.

En la segunda mitad del s. XVI tenemos el misticismo de Sta. Teresa de Jesús y S. Juan de la Cruz, la aspiración a fundirse, a ser uno con la divinidad que es, a la vez, la huida de estte mundo terrenal. Sería el platonismo cristiano o cristianismo platónico más enfervorizado que existe.

            De los primeros años del s. XVII es El Quijote, libro definido como erasmiano, ya que en él, el caballero cristiano (el quijote) es caracterizado como locura por el mundo terenal (Sancho Panza). El inconformismo que supone querer realizar la perfecta justicia en la tierra es denunciado como locura, como imposibilidad.

Tenemos con ello que el problema ya no es Dios o la fe, sino el hombre y su vivencia de la fe. A partir de este momento y hasta el s. XIX, el hombre se moverá entre esta aspiración-esperanza y esta desesperación-desasosiego.

            En una obra tan barroca como el éxtasis de Sta. Teresa de Bernini encontramos el intento de captar el instante eterno de elevación, de éxtasis (ex-tasis). Una dirección del Barroco será el intento de captar este momento eterno, por ello el Barroco es definido como movimiento y dinamismo.

            Otra dirección será la del triunfo de la Razón. Eso nos muestra la filosofía de los ss. XVII  y XVIII y sus grandes sistema racionalistas. La Razón absoluta lo funda y lo explica todo. Es el substituto de Dios. Habrá que cambiar la fe en Dios por la fe en la Razón, y creemos que esto es la Ilustración. El progreso de la ciencia corrobora el triunfo de la Razón. Pero con una salvedad: si la fe en Dios proporcionaba la salvación del alma individual, el triunfo de la Razón proporciona poder, hace divino al hombre. Es el mito del hombre-Dios al fin realizado. Una buena parte del arte barroco tiene que ver con la ostentación del poder humano ya sea el religioso (S. Pedro) o el dominio del estado (Luis XVI, Versalles). Con ello también tiene que ver el dominio de la naturaleza desarrollado a través de los jardines.

            Pero junto a la luz hay las sombras: la aparición de todo lo que queda fuera de la razón. La sospecha de que todo pudiera ser un sueño (Calderón, Descartes). Si en la E. Media fue necesaria la demostración de la existencia de Dios, ahora es necesario demostrar que la realidad existe e incluso nos es posible dudar de ello. Nos es posible dudar de cuál es la validez de la Razón y de nuestros sentidos. Hay que poner atención en el fenómeno, ya que la razón és históricamente la última autoridad. Para el Barroco, la vida es puro teatro de las pasiones humanas. La diferencia con respecto al romanticismo es que todavía es visto con distancia este teatro, no con desesperación. Hay una depreciación de este mundo (misticismo, Calderón, Descartes) per hay una confianza última en el otro (en la verdad cristiana). En cambio el romanticismo ya no tendrá este horizonte. En el barroco católico[2] la razón es irrisoria, forma parte de ese teatro, mientras que en el romanticismo la razón es lo último que nos queda y ha fracasado estrepitósamente.

Si la Razón barroca ejemplifica todavía la aspiración divina de la humanidad, la aspiración a un orden perfecto del mundo, orden del cual da testimonio la ciencia, en la Ilustración (s. XVIII) pasará a ser un principio de organización humana. La misma razón es ya una aspiración: la aspiración a la organización racional de la sociedad. Frente al hombre corrupto, la naturaleza es pura. Eso es al menos lo que dice Rousseau. La tarea de la razón de deconstruir la sociedad históricamente dada. Otro de los grandes ilustrados a tener en cuenta será el filósofo Hegel. Para Hegel la razón es infinita y la historia es la realización de la razón. La grandeza de Hegel es expresar tan claramente el sentimiento de su época. Por ello también nos muestra con nitidez donde estamos, si tenemos en cuenta que los últimos 150 años han desmentido su verdad: la realización de la razón (que podemos entender hoy en día como administración mundial), no elimina la realización de la barbarie.

Justo en este momento, la tradición comienza a ser añoranza, el sentimiento de algo perdido irremediablemente, mientras que el presente es denostado. En este momento comienza el Romanticismo.

Curiosamente, en la época del Romanticismo es donde hay que situar el nacimiento de la ciencia histórica y la morfología histórica en la arquitectura (neogótico, neogriego, neorromano). Así, la historia nace como un intento de situarse y como una añoranza. Mientras tanto, por otro lado, la libertad consumada rompe con todo atisbo de tradición (el papel de la monarquía y la religión en la revolución francesa y la etapa napoleónica). El romanticismo sólo existe como contradicción: mientras que por un lado se rompen todos los lazos con la comunidad y la tradición gracias al desarrollo de la libertad y del individualismo (la libertad es entendida como espontaneidad), por otro lado, hay una constante nostalgia conservadora que reivindica la patria (nacionalismos) y todos los elementos de la tradición, pero como objecto estético del cual, en el fondo, los individuos se sitúan a distancia y no en la vivencia íntima. Así, más que conservadurismo, ya que no se conserva nada, al Romanticismo conviene más bien el apelativo de reaccionario. Se reivindica la tradición cuando se siente que ésta ya no funciona. El imparable avance científico y tecnológico, ligado a la sociedad industrial y capitalista ha hecho ya imposible una vuelta al pasado. El krausismo y otras tantas modas del momento son el esfuerzo titánico de conciliar estas contradicciones.

En todo este proceso tenemos:

1.      Evolucionismo (Darwin, Lamarck)-naturalismo-psicologismo. El hombre es por entero un objeto más de la naturaleza, dominable como el resto de ella y sin ninguna diferencia específica, sino sólo de grado. No es un acontecimiento excepcional de la creación.
2.      Marx: materialismo histórico: la sociedad por entero y su cultura son un reflejo de su estructura económica y material.
3.      Positivismos: sólo es saber el científico. No hay sabiduría. El saber está en la ciencia y en las enciclopedias, no en las personas. El hombre queda escindido entre lo que puede sabaer (ciencia) que no le interesa y lo que vive en primera persona (espíritu, amor, vida...) que queda fuera de las cosas cognoscibles con certeza. Más que nunca el hombre es errante en el mundo.

Por ello, el arte intenta realizar aquello que el mundo dificulta cada vez más: intenta realizar el ideal de una vida digna, de una vida no material. Las artes plásticas dejan de preocuparse por la materia (por las formas definidas por los objetos); ya sólo interesa la misma expresión. Esta es la idea (romántico-reaccionaria en su fondo) del expresionismo y del impresionismo. Nietzsche dirá: “¿qué importa mi felicidad? ¡Lo que importa es mi obra!” . Con ello representa el heroísmo del sentido individual. El superhombre es aquel que es capaz de crear sentido ante la muerte de Dios. Dios aquí no es otra cosa que el platonismo que nos definía como tradición. Ello era lo que nos definía como europeos: el platonismo entendido como cuidado del alma (proyecto ontológico-cósmico, ético y político -Patočka).  Ya que estamos ante el peligro de la posible creación de una felicidad animal controlable psicológicamente, el Romanticismo es una lucha titánica por defender el espíritu ante el materialismo que lo acosa por todos lados.

Un nuevo tema de reflexión en el s. XX es el individuo y la masa (Ortega y Gasset, por ejemplo). En la medida que la sociedad se va haciendo más individualista, ya sea por la ruptura de la tradición y el nuevo concepto de libertad (siempre individual) o por el nuevo modelo económico (unidad no familiar, igualación en torno al trabajo), nace la masa indiferenciada en torno al concepto de “normalidad”. Ello se debe a la dificultad que supone el reto de asumir la vida propia cuando esta no está garantizada por una tradición, sino sólo homologada por unas condiciones materiales.

La libertad individual se transforma en imaginación y creatividad, búsqueda de originalidad (individualidad) y exaltación de la figura del artista en tanto que genio, es decir, en tanto que individuo excepcional. No sabemos si la ruptura de formas en la literatura, de la mano de todas las rupturas que se han dado en este siglo, tiene relación con esta nueva sumisión de la masa al individuo, cuya expresión más trágica fueron los fascismos de entreguerras. Seguramente por ello las atracciones del Romanticismo son la soledad (individualismo) y la muerte (símbolo de la muerte espiritual, es decir, de la falta de vida). Por ello el Romanticismo podría ser definido como la atracción del abismo.

Relacionada con lo anterior estaría la necesidad humana del infinito que muestra el Romanticismo. Aunque Dios haya muerto (según Nietzsche) el hombre necesita vivir en la infinitud. De ello hará la literatura uno de sus temas favoritos. Borges lo tiene como uno de sus temas predilectos.

Con respecto al s. XX hay que constatar con anterioridad a cualquier discurso, que es un siglo inundado de pesimismo. Y que este pesimismo está fundado no en grandes sistemas filosóficos sino en los hechos acaecidos al hombre medio. Hay unas grandes expectativas ilustradas (de la convivencia racional y armónica de los seres humanos) que han fracasado estrepitósamente. El siglo XX siempre será el siglo de la gran guerra mundial (en dos episodios) en la que Europa deja de ser el motor mundial, el siglo de los totalitarismos, y por tanto, el siglo de la gran decepción. La confianza ilustrada en la razón ha devenido sencillamente orgullo tecnológico. Ya no importan las teorías científicas, sino sólo su eficacia y, sobre todo, su rentabilidad económica. Con ello tiene que ver el existencialismo de entreguerras, según el cual la existencia precede a la esencia: la razón no contribuye en nada a la felicidad. Estamos definidos por una libertad que querríamos a toda costa hacer desaparecer (Sartre). La razón claudica en el momento en que aparece la libertad como definición del hombre. Con ello también tiene que ver la teoría psicoanalítica de Freud: nuestra voluntad no está en absoluto dominada por la razón, sino por el inconsciente irracional. La razón es sólo un espejismo. De aquí la irrupción de los irracionalismos a principios de siglo. Bajo la tiranía de la normalidad estadística y de la masa, también es el siglo de los periodistas, es decir, de la pornografía intelectual[3] y de la ausencia de matices. El fenómeno del control periodístico de la realidad tiene que ver con el hecho de que la razón haya perdido toda autoridad. Todo vale por el mero hecho de ser enunciado, porque los principios ya no sostienen nada. El subjetivismo y el individualismo son el reflejo de esta situación (palpable en expresiones como: verdadero/bueno/bello/válido para mí). Lo peor de esta supuesta liberación es que cuando la autoridad no es la razón, lo es la fuerza y el poder. Si no hay una verdad absoluta, la verdad es la que aparece en todos los mass media. De aquí el fenómeno del autoritarismo. Del hecho de que la razón y los principios morales no son ninguna coacción para quien ejerce el poder, ya que él es el creador de estos principios.

Cuando ocurre un acontecimiento de estas dimensiones; cuando se transforma en resonante fracaso unas ilusionadas expectativas, lo peor que puede ocurrir, tanto en la vida privada como en la vida social es ignorar el problema o negarlo. Desde la época de los hippies no se ha vuelto a discutir sobre nada que tenga que ver con una ilusión de racionalizar la vida humana. La organización social y económica actual (en concreto el neoliberalismo) parece ser cosa del destino, no de los hombres. Ya no hay ni siquiera fe en la razón humana. Por encima de ella están las inalterables leyes del capitalismo sin restricciones. Ahora vivimos la pesadilla de alguien que ya no se atreve a soñar.

Con respecto al esbozo histórico trazado hay que apuntar dos reservas importantes:

1.      No creemos que se pueda identificar la historia de la literatura de manera exclusiva con la historia de los motivos literarios, sino fundamentalmente con la historia de la forma literaria. Es aquí donde podemos observar la misma evolución que en el resto de las artes desde la absoluta reglamentación y normatividad hasta la anarquía de los poemas visuales. Por el contrario, los contenidos son algo históricamente más pasajero, que puede ser el resultado de una moda muy localizada.
2.      Por otro lado, no hay que pensar que la historia del arte (o de la literatura o de la música) es una serie de acontecimientos homogéneos en los diferentes países de Europa. Las diferencias nacionales son tan sustanciales que se puede hablar de diferentes tradiciones nacionales que pondrían entre paréntesis la existencia por ejemplo de un “Renacimiento” en España o de un Barroco en los países protestantes.



[1] Podemos intuir a dónde nos lleva esto en la actualidad. En el presente asistiríamos a una pérdida absoluta de poder de la tradición frente a la razón ahora tecnológica. Pero no hay que simplificar en exceso. La desaparición de toda autoridad legítima (basada en la tradición) lleva a la imposición del autoritarismo. Fromm ha estudiado a fondo los fundamentos psicológicos de esta relación entre autoridad y autoritarismo. Es un fenómeno bien palpable hoy en día en la dictadura de la supuesta objetividad de los medios de comunicación. La autoridad del catedrático que escribe un artículo de opinión es puesta entre paréntesis y discutida, mientras que el autoritarismo de una información “objetiva” no firmada por nadie no es discutido.
[2] Tanto a nivel filosófico como literario y artístico hay que diferenciar un barroco católico de uno protestante. El protestantismo que ha optado por la separación radical entre fe y razón, reservando a la razón toda responsabilidad sobre el mundo humano y terrenal ha de mostrar con fuerza esa apuesta. Leibniz y Spinoza son protestantes. En cambio, el catolicismo ha optado por la pequeñez del hombre frente a Dios, por ello toda la vida que se produce en el paréntesis de la carne es pura anécdota incomprensible, es teatro.
[3] La pornografía consiste en hacer digestible para todos aquello que no tiene por qué interesar a todos. La pornografía consiste en transformar los contenidos en imágenes, y los discursos en eslogans. La esencia del periodismo es el intento de destruir toda posibilidad de crecimiento espiritual del hombre. No interesa el mundo, sino las noticias, no las personas, sino los cotilleos. ¿Qué ocurrirá en el momento en que no se pueda distinguir entre periodismo y filosofía o periodismo y literatura?

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