La
figura del Sócrates histórico es un problema hermenéutico, debido al hecho de
su agrafía. Sócrates no escribió en ningún lugar su filosofía porque creía que
la filosofía era, ante todo, una manera de vivir, y como tal, su naturaleza era
esencialmente oral. La preeminencia de la oralidad sobre la escritura es un
rasgo cultural sobresaliente de los griegos que no tienen algo así como un
libro sagrado, sino que la religión es objeto de transmisión oral. También lo
encontraremos en los diálogos platónicos, que, en todo caso son eso: diálogos.
Esto
nos lleva a los diversos testimonios que sobre él poseemos. En todo caso,
debemos recurrir a una tradición indirecta que, por supuesto, nunca es neutral,
sino que es o bien una ridiculización (Aristófanes) o bien un ensalzamiento
idealizado (Jenofonte y Platón). La tarea de la crítica es la de establecer lo
que realmente hizo y no hizo Sócrates y la de trazar un punto de equilibrio
entre los diversos testimonios sobre lo que pensaba. Hay que decir que es
Platón con mucha diferencia quien más testimonios nos ha legado sobre la figura
histórica de Sócrates y sobre su pensamiento.
Lo
que debemos considerar probado es:
- Que su tarea
filosófica principal consistía en dialogar con los atenienses sobre cuestiones
relativas a la moral y a la política.
- Que esto lo
entendía él mismo como un modelo de vida filosófica. Para él, la vida
filosófica es la vida examinada. Y eso es a lo que él se dedica, a
examinar las acciones y los pensamientos de los atenienses con agudeza
crítica y sin pretensiones dogmáticas. Por ello fue llamado “la avispa de
Atenas”.
- Su manera de
entender la filosofía le llevó en muchas ocasiones a enfrentarse
dialécticamente con los sofistas y con todos aquellos que pretendían que
sabían lo que era la virtud, ya que él consideraba que “sólo sé que no sé
nada”.
- Su acción
crítica, su manera de vida y/o su insobornable lealtad a sus principios le
valieron la enemistad de determinados poderosos atenienses, su condena y
su posterior ejecución.
- Junto con los
sofistas supuso un giro de 180º en la temática de la filosofía que, por
ello, se suele dividir en presocrática y postsocrática. Efectivamente, si
la temática de los primeros filósofos presocráticos se centra en el arché
de la physis, a Sócrates y los sofistas les interesan más las
cuestiones que hoy llamariamos antropológicas: la virtud, la
justicia, la belleza, la sociedad, etc. El texto que se suele tomar como
indicativo al respecto es la pequeña autobiografía intelectual socrática
que encontramos en el Fedón platónico. Por supuesto que debemos
leerlo con todas las precauciones necesarias, pero allí encontramos los
argumentos que al parecer llevan a Sócrates a abandonar su entusiasmo
juvenil por la filosofía presocrática: Anaxágoras todo lo atribuye a la
mente, pero luego no explica tomando como causa lo mejor (la mente actúa
según lo mejor) sino el aire y el éter (Fedón 98c).
Por
otro lado, en la medida en que podamos identificar el pensamiento filosófico
del Sócrates histórico con el personaje Sócrates que aparece en los primeros
diálogos platónicos debemos destacar las siguientes características:
- Frente a los que pretenden ser conocedores de qué es la virtud, la belleza o la justicia, Sócrates cofiesa su ignorancia al respecto. Por ello, no intenta conducir al diálogo a ninguna solución, sino sólo mostrar las dificultades inherentes a todo intento de definición. Esto es lo que se conoce como aporía, que literalmente significa “sin recursos”, y eso es lo que les ocurre a los interlocutores del diálogo frente a todo intento de definición: se quedan sin recursos y en la más absoluta perplejidad. Hay que tener en cuenta que Sócrates no es un escéptico, y el valor de la aporía es positivo: la filosofía sólo puede comenzar con la perplejidad, tal como han suscrito todos los filósofos posteriores.
- El método utilizado para el desarrollo del diálogo es la mayéutica (definida en el Teeteto), consitente en sacar todo lo que hay adentro de cada individuo. Este proceder implica que el proceso de conocimiento (y, por tanto, la educación) no es exterior, sino interior, y consta de dos momentos: la refutación (o conciencia de no saber nada) y la propiamente mayéutica o búsqueda de la definición. De aquí derivará el intelectualismo moral, doctrina que, de alguna manera conduce a la teoría platónica del filósofo-rey, de la misma manera que la mayéutica implica una confianza en el saber interior que presupone la teoría platónica de la anámnesis.
- La definición, aunque sea sólo de términos morales, nos lleva a una preocupación por las esencias y, por consiguiente, por la ciencia. Según algunos es el germen de la Teoría de las Ideas.
- Respecto a la moral defendió el llamado intelectualismo moral, es decir, la identificación entre la ignorancia y el mal. Su frase al respecto es “nadie hace el mal a sabiendas”. Sobre esto nos extenderemos a continuación, ya que está por decidir de qué manera esto es una defensa de una virtud por physei contrapuesta al nomos sofístico.
Cuando en la
modernidad se retome esta discusión, el nuevo lenguaje será el de una discusión
entre la racionalidad o no (emotividad, etc) de los valores y de las
justificaciones morales.
Pero antes de ir
más lejos, hay que explicar en qué consiste el intelectualismo moral, tanto el
socrático como el aristotélico y en qué sentido cabe entender la physis, ya que, según como se entienda,
podríamos decir que quienes defienden una moral por physis son aquellos que como Caliclés aplican la ley del más fuerte,
una supuesta ley de la naturaleza, a la convivencia humana; y hacen depender la
moral fácticamente de esta ley.
Sobre la manera
socrática de entender la moral, como relacionada con el conocimiento y la
ignorancia, lo primero que hay que decir es que, aunque dudemos de su certeza,
tenemos que asumir que aún hoy día, es el fundamento de la institución judicial
y de los tribunales. Por eso, la “enajenación mental” puede ser un eximente de
un delito. La justicia exculpa a los irracionales porque presupone que todo el
mundo humano, ha de responder de sus
actos (y no otra cosa es la responsabilidad).
Pero, ¿qué significa responder de tus actos? Poder justificarlos. Y poder
justificarlos es poder mostrarlos como siendo justos. Es decir, cada cual ha de
intentar justificar (poner como justos sus actos): en eso consiste la
racionalidad. Pero eso no es otra cosa que afirmar implícitamente que hasta donde sabemos, hemos actuado
justamente, es decir, que no hemos hecho el mal a sabiendas.
Por otra parte,
esta afirmación es solidaria de una comprensión de la moral como la búsqueda de
la felicidad. Hoy día estamos acostumbrados a entender la moral como aquello
que juzga nuestros actos extrínsecamente. Y en Platón, Sócrates o Aristóteles,
no es eso. La ética es la búsqueda de la felicidad propia (tiene que ver con
algo interior, y con un conocimiento interior: nosce teipsum) y por
tanto parte del hecho primario de la finitud, la limitación y la básica
infelicidad humana. Si no no habría necesidad de ella. Visto así, ¿qué es lo
que está diciendo? Pues que nadie tira su vida por la borda a sabiendas. Todos
hacemos lo que creemos que está mejor para nosotros. Todos enfocamos nuestra
vida de la mejor manera que se nos ocurre. Y sólo podemos acabar mal por error.
Justo por el error que supone no aceptar nuestra ignorancia y nuestra
consecuente disposición a aprender.
Aquí entra en juego
la segunda máxima sobradamente conocida de Sócrates: “yo sólo sé que no sé
nada”. No hay que entenderla como desligada de la primera. Se explican
mutuamente. La ignorancia por excelencia, la que es habitualmente causa del
mal, es la pretendida sabiduría o doxosofía. En castellano decimos que
no hay nada más atrevido que la ignorancia. La pseudociencia detenta el poder,
y por ello, su capacidad de dañar es muy superior a la de una ignorancia
absoluta.
Uno de los aspectos
más importantes que diferencia a Sócrates de los sofistas es la relación entre
la palabra (logos) y la acción (ergon): para los sofistas y políticos la
palabra está subordinada a la acción, es una cierta acción que se ejerce (p.e.
para convencer o persuadir). Es decir, la palabra es un instrumento de nuestra
voluntad. En todo caso, la palabra sólo tiene sentido dentro del juego de las
acciones humanas. Sin embargo, para Sócrates, la palabra no debe estar
subordinada a nada. Subordinar la palabra a la acción significa que ya sabemos
lo que hay que hacer y lo hacemos usando la palabra como instrumento de fuerza.
Usar la palabra para decir la verdad supone nuestra apertura a comprender, la
experiencia de nuestra ignorancia y nuestro estar dispuestos a ejercer un giro
en la acción, cosa a la que no están dispuestos los sofistas y hombres de
acción de Atenas. Por eso, el bien consiste justamente en esa apertura a la
ignorancia, en esa aceptación de la finitud y de la provisionalidad de todo proyecto,
en función de nuestra comprensión del mundo. Pero el mundo sólo puede ser
referido mediante la palabra. Así la palabra puede ser apertura o cerrazón.
La polémica
implícita es si el bien propio (ética), coincide con el bien común (política).
Los idiotés y los sofistas creen que no, precisamente por eso se
establece tal relación entre palabra y acción.
El conflicto que
subyace a esta discusión es una mala comprensión del intelectualismo moral.
Precisamente lo que están afirmando los sofistas es que, el hecho de conocer lo
que es bueno o virtuoso (para la sociedad) no significa que actuemos en
conformidad con ello (ya que nuestros intereses egoístas pueden ser
diferentes). Sócrates, por el contrario, entiende que esta distinción de
virtudes es un falseamiento de la cuestión, pues lo que creemos sinceramente
que es “lo bueno” para nosotros, es pura y simplemente “lo bueno”. La prueba es
que nadie puede vivir sabiendo que es malo. Hoy en día sabemos
por la psicología empírica que hay toda una seria de mecanismos de defensa
que nos protegen justamente de esa pretensión: justificamos nuestras acciones,
racionalizamos nuestras intenciones, sublimamos nuestros deseos, etc. Todo por
evitar la autocrítica. Por eso, el intelectualismo moral socrático no puede ser
separado de su estricto seguimiento del precepto délfico: “conócete a ti
mismo”.
Dicho de manera
negativa: el intelectualismo moral no puede consistir en la necesidad de actuar
de cierta manera cuando conocemos la virtud. Más bien, lo que viene a indicar
es que la virtud, de manera sucinta, consiste en una única cosa: la consciencia
plena de la propia ignorancia y el interés (puramente egoista, si se quiere) en
superar ese estado de ignorancia. Si somos ignorantes de qué es lo que somos
nosotros mismos en el fondo, no podemos pretender que ya sabemos que es lo
bueno para nosotros. Quizás, como defiende Maslow en su famosa obra sobre el
hombre autorrealizado[1],
el más puro egoismo no es otra cosa que la más cruel automutilación. Y ésta es
una afirmación de hecho.
Pero, por lo que
respecta a Sócrates, hay que tener en cuenta, tanto o más que lo que dice, lo
que hace. Sócrates es un personaje que morirá ajusticiado por hacer lo que hace
y por ser confundido con los sofistas. Esto quiere decir que el sector más
tradicionalista de Atenas lo confunde con un sofista más, ¿por qué? Porque se atreve
a someter a discusión y a dudas los valores establecidos por la tradición.
Porque Sócrates considera, y esto sí que lo considera en términos absolutos,
que una vida examinada es más valiosa que una vida sin examinar. Este es el
sentido del precepto delfico “nosce
teipsum”.

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