Realmente
seria maravilloso, ideal y deseable un mundo en el cual la razón nos guiase en
nuestros actos. En la vida privada de cada uno, sabemos que esto no ocurre con
la frecuencia que desearíamos. En la vida comunitaria tampoco. Seguramente esto
es lo que habría que entender por “aspiraciones de la Ilustración” y creo que
Adela Cortina se refiere a ello cuando escribe que en la construcción de un
mundo humano (para la cual ella hace siete propuestas[1]) “han
de asumir su responsabilidad aquellos que pueden dar respuesta a las preguntas
que se plantean y éstos han de gozar de autoridad suficiente”.
Dicho de otra
manera, la autoridad debe consistir en la racionalidad. Estos ideales ya se
promulgaron con la Revolución Francesa. Y no funcionaron. No del todo o no como
se esperaba. De entonces a ahora han pasado muchas cosas, pero no podemos decir
exactamente que los ideales ilustrados se estén cumpliendo. En todo caso no
podemos decir que este progresivo cumplimiento sea lo que define a los últimos
200 años.
Si esto es
así, no cabe volver a repetir las mismas consignas sin elaborar un diagnóstico
mínimo para saber qué impide exactamente que las cosas sean como deberían ser.
Todos sabemos
que al paso de las tropas de Napoleón se extendió una oleada de reacción contra
los ideales que todavía él representaba y que dio lugar a una época conocida
como Restauración. Más tarde, a finales del siglo pasado, Nietzsche había
dicho, entre otras cosas: “Dios ha muerto”, afirmación que, para él, era únicamente
la constatación empírica de que los ideales ya no nos mueven, y de que lo que
nos mueve tiene otro nombre: voluntad de dominio.
Todo este
ideario cuajó en los irracionalismos de entreguerras. Sus consecuencias más
feroces, como lo fueron los fascismos y la devastadora guerra mundial en dos
asaltos, parecieron corroborar el diagnóstico de Nietzsche. La ciencia deja de
ser la milenaria aspiración al conocimiento entendido como sabiduría humana
para pasar a ser un tecnológico dominio de la naturaleza, incluida la
naturaleza humana. Muchas visiones de un oscuro porvenir nos advierten del
miedo a convertirnos en esclavos de nuestra propia tecnología.
Contestar a la
filósofa citada con mayor concreción consistiría en mostrar como los
intelectuales hoy ya no tienen ningún tipo de poder. Es decir, cómo hoy la
autoridad no va ligada a la razón ni a la sabiduría, sino, en todo caso, al
poder que emana del dominio de la tecnología que deriva a su vez de “lo que
dictan los mercados”.
Un
ejemplo: los debates televisivos
Para proceder
a una simple ejemplificación de lo expuesto, creo que es suficiente con
describir una situación tipificable que cada vez se hace más frecuente en los
medios de comunicación de masas.
Enciendo el
televisor y contemplo un programa de debate. De lo que ahora llaman “debate”.
Como sabemos, este tipo de programas tienen un poder excepcional por el medio
en el cual se exhiben, ya que llegan a más población e inciden más directamente
en ella que cualquier best-seller. Ni los profesores ni cualesquiera otros
educadores pueden competir con él por lo que se refiere a la formación de las
personas.
En primer
lugar, se ha escogido un tema de debate sobre el cual no debería haber ningún
debate ya que el tema no es debatible. Supongamos que el tema es “¿somos los
españoles racistas?”. Aún en el caso de que pudiese parecerlo a primera vista,
esta pregunta no puede ser objeto de opinión y demagogia ya que sólo hay para
ella una respuesta que se ajusta a la realidad. Si se define correctamente el significado
de racismo, sólo un estudio sociológico serio puede informarnos de nuestra
realidad. Sorprendentemente, el hecho de que las personas podamos tener sólo opiniones de temas sobre los cuales
cabe tener certezas, sólo quiere decir que las opiniones, a veces, son
erróneas.
Así, la
primera pregunta que nos viene a la cabeza es: ¿quién elige el tema? ¿Acaso
algún intelectual? La respuesta es NO. ¿Se elige con criterios formativos o
educativos quizás? La respuesta sigue siendo NO. El poder decisorio lo tiene
alguien que forma parte de la tecnología televisiva y que decide con criterios
–supuestos- de mercado y no propios.
Comienza el
debate. Se oyen diferentes opiniones. Para formalizar la democracia en el medio
televisivo se sienta a todo el mundo junto y a la misma altura. El único que
habla desde un pódium es el moderador. Por supuesto, todas las opiniones valen
igual. Todos los participantes disponen del tiempo que decide el “conductor”
del programa. Por cierto, la palabra “conductor” en alemán es fürher, en
italiano duce, y en castellano
sinónima de caudillo.
En el “debate”
hay tres personajes a destacar: En primer lugar un individuo con graves
carencias educativas y con una falta de respeto considerable hacia sus
contertulios. Lo han invitado al debate porque ello proporciona audiencia
(dicen) y porque se supone que este individuo es racista, cuando en realidad es
sólo un maleducado. Los verdaderos racistas pueden ser de una educación
exquisita. En segundo lugar, encontramos
un respetable catedrático de economía (¿qué tiene que ver esto con la economía
se pregunta uno? ¿Este hombre viene en calidad de experto o a título
individual?) y, por último, un catedrático de sociología que, pese haber estado
estudiando durante mucho tiempo sobre cuestiones relacionadas con el tema a
debatir, no dispone de más autoridad que ninguno de los otros personajes. Sólo
hay una autoridad en el programa: el “conductor” vedette que decide quién
interviene y durante cuánto tiempo.
No hemos de
ser tan ingenuos y ¡por Dios! no lo somos, como para ignorar que este paripé
con aspecto de debate democrático no es otra cosa que una tiranía enmascarada
del “moderador” del programa. ¿Qué títulos tiene para ejercer esta tiranía?
Posee la tecnología.
Moraleja
El poder
siempre se da, y, cuando no lo ejercen
aquellos a los que por autoridad
corresponde, lo ejerce aquél que de
hecho puede ejercerlo –porque posee los medios- con lo cual estamos
hablando de una tiranía.
El ejemplo
citado es sólo uno de los muchos que cabría encontrar. Entre ellos también
podría ser incluida la reciente moda de discutir las resoluciones judiciales o
la no tan reciente de lanzar objetos al árbitro cuando sus decisiones no son de
nuestro agrado. Quienes así actúan deberían recordar que la única diferencia entre
un estado de derecho y la ley del más fuerte es la existencia de una autoridad
legítima. Si realmente nos oponemos a la
tiranía tecnológica debemos defender el principio de autoridad racional.
Soy consciente
de que defender hoy en día el principio de autoridad es políticamente
incorrecto, reaccionario y mal visto. Es una palabra malsonante, ya que el
principio de autoridad implica que no todas las opiniones valen igual y es
sospechoso, por tanto, de ser antidemocrático. Pero quizás sería necesario analizar
un poco más a fondo qué significado puede tener “valer igual” respecto a las
opiniones. Si por “valer igual” se entiende que cada uno de nosotros tiene
derecho a tener la suya propia y a estimarla más que cualquier otra, entonces
la existencia de la autoridad racional no lo contradice. Si por “valer igual”
se entiende tener el mismo poder, es un hecho que nunca, y menos aún hoy en
día, todas las opiniones tienen el mismo poder, y este poder no emana de
ninguna autoridad, sino de los medios que esa opinión tiene para extenderse. De
otra manera no se invertiría tanto en campañas electorales.
Por otra
parte, no pretendo discutir si todas las opiniones valen o no igual. Suponiendo
que efectivamente todas valgan lo mismo, lo que queda claro en el ejemplo
citado es que no todas tienen la misma oportunidad de mostrar lo que valen,
sino que esa posibilidad está más bien ligada a quién emite esa opinión y qué
lugar ocupa en el entramado de la tecnología.
Cuando ocurre
esto debemos hablar de demagogia y no de democracia. Platón ya advirtió hace
muchos siglos del peligro intrínseco a toda democracia de convertirse en
demagogia.
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