sábado, 20 de octubre de 2012

TIRANÍA Y AUTORIDAD


Realmente seria maravilloso, ideal y deseable un mundo en el cual la razón nos guiase en nuestros actos. En la vida privada de cada uno, sabemos que esto no ocurre con la frecuencia que desearíamos. En la vida comunitaria tampoco. Seguramente esto es lo que habría que entender por “aspiraciones de la Ilustración” y creo que Adela Cortina se refiere a ello cuando escribe que en la construcción de un mundo humano (para la cual ella hace siete propuestas[1]) “han de asumir su responsabilidad aquellos que pueden dar respuesta a las preguntas que se plantean y éstos han de gozar de autoridad suficiente”.

Dicho de otra manera, la autoridad debe consistir en la racionalidad. Estos ideales ya se promulgaron con la Revolución Francesa. Y no funcionaron. No del todo o no como se esperaba. De entonces a ahora han pasado muchas cosas, pero no podemos decir exactamente que los ideales ilustrados se estén cumpliendo. En todo caso no podemos decir que este progresivo cumplimiento sea lo que define a los últimos 200 años.

Si esto es así, no cabe volver a repetir las mismas consignas sin elaborar un diagnóstico mínimo para saber qué impide exactamente que las cosas sean como deberían ser.

Todos sabemos que al paso de las tropas de Napoleón se extendió una oleada de reacción contra los ideales que todavía él representaba y que dio lugar a una época conocida como Restauración. Más tarde, a finales del siglo pasado, Nietzsche había dicho, entre otras cosas: “Dios ha muerto”, afirmación que, para él, era únicamente la constatación empírica de que los ideales ya no nos mueven, y de que lo que nos mueve tiene otro nombre: voluntad de dominio.

Todo este ideario cuajó en los irracionalismos de entreguerras. Sus consecuencias más feroces, como lo fueron los fascismos y la devastadora guerra mundial en dos asaltos, parecieron corroborar el diagnóstico de Nietzsche. La ciencia deja de ser la milenaria aspiración al conocimiento entendido como sabiduría humana para pasar a ser un tecnológico dominio de la naturaleza, incluida la naturaleza humana. Muchas visiones de un oscuro porvenir nos advierten del miedo a convertirnos en esclavos de nuestra propia tecnología.

Contestar a la filósofa citada con mayor concreción consistiría en mostrar como los intelectuales hoy ya no tienen ningún tipo de poder. Es decir, cómo hoy la autoridad no va ligada a la razón ni a la sabiduría, sino, en todo caso, al poder que emana del dominio de la tecnología que deriva a su vez de “lo que dictan los mercados”.

Un ejemplo: los debates televisivos

Para proceder a una simple ejemplificación de lo expuesto, creo que es suficiente con describir una situación tipificable que cada vez se hace más frecuente en los medios de comunicación de masas.

Enciendo el televisor y contemplo un programa de debate. De lo que ahora llaman “debate”. Como sabemos, este tipo de programas tienen un poder excepcional por el medio en el cual se exhiben, ya que llegan a más población e inciden más directamente en ella que cualquier best-seller. Ni los profesores ni cualesquiera otros educadores pueden competir con él por lo que se refiere a la formación de las personas.

En primer lugar, se ha escogido un tema de debate sobre el cual no debería haber ningún debate ya que el tema no es debatible. Supongamos que el tema es “¿somos los españoles racistas?”. Aún en el caso de que pudiese parecerlo a primera vista, esta pregunta no puede ser objeto de opinión y demagogia ya que sólo hay para ella una respuesta que se ajusta a la realidad. Si se define correctamente el significado de racismo, sólo un estudio sociológico serio puede informarnos de nuestra realidad. Sorprendentemente, el hecho de que las personas podamos tener sólo opiniones de temas sobre los cuales cabe tener certezas, sólo quiere decir que las opiniones, a veces, son erróneas.

Así, la primera pregunta que nos viene a la cabeza es: ¿quién elige el tema? ¿Acaso algún intelectual? La respuesta es NO. ¿Se elige con criterios formativos o educativos quizás? La respuesta sigue siendo NO. El poder decisorio lo tiene alguien que forma parte de la tecnología televisiva y que decide con criterios –supuestos- de mercado y no propios.

Comienza el debate. Se oyen diferentes opiniones. Para formalizar la democracia en el medio televisivo se sienta a todo el mundo junto y a la misma altura. El único que habla desde un pódium es el moderador. Por supuesto, todas las opiniones valen igual. Todos los participantes disponen del tiempo que decide el “conductor” del programa. Por cierto, la palabra “conductor” en alemán es fürher, en italiano duce, y en castellano sinónima de caudillo.

En el “debate” hay tres personajes a destacar: En primer lugar un individuo con graves carencias educativas y con una falta de respeto considerable hacia sus contertulios. Lo han invitado al debate porque ello proporciona audiencia (dicen) y porque se supone que este individuo es racista, cuando en realidad es sólo un maleducado. Los verdaderos racistas pueden ser de una educación exquisita.  En segundo lugar, encontramos un respetable catedrático de economía (¿qué tiene que ver esto con la economía se pregunta uno? ¿Este hombre viene en calidad de experto o a título individual?) y, por último, un catedrático de sociología que, pese haber estado estudiando durante mucho tiempo sobre cuestiones relacionadas con el tema a debatir, no dispone de más autoridad que ninguno de los otros personajes. Sólo hay una autoridad en el programa: el “conductor” vedette que decide quién interviene y durante cuánto tiempo.

No hemos de ser tan ingenuos y ¡por Dios! no lo somos, como para ignorar que este paripé con aspecto de debate democrático no es otra cosa que una tiranía enmascarada del “moderador” del programa. ¿Qué títulos tiene para ejercer esta tiranía? Posee la tecnología.

Moraleja

El poder siempre se da,  y, cuando no lo ejercen aquellos a los que por autoridad corresponde, lo ejerce aquél que de hecho puede ejercerlo –porque posee los medios- con lo cual estamos hablando de una tiranía.

El ejemplo citado es sólo uno de los muchos que cabría encontrar. Entre ellos también podría ser incluida la reciente moda de discutir las resoluciones judiciales o la no tan reciente de lanzar objetos al árbitro cuando sus decisiones no son de nuestro agrado. Quienes así actúan deberían recordar que la única diferencia entre un estado de derecho y la ley del más fuerte es la existencia de una autoridad legítima.  Si realmente nos oponemos a la tiranía tecnológica debemos defender el principio de autoridad racional.

Soy consciente de que defender hoy en día el principio de autoridad es políticamente incorrecto, reaccionario y mal visto. Es una palabra malsonante, ya que el principio de autoridad implica que no todas las opiniones valen igual y es sospechoso, por tanto, de ser antidemocrático. Pero quizás sería necesario analizar un poco más a fondo qué significado puede tener “valer igual” respecto a las opiniones. Si por “valer igual” se entiende que cada uno de nosotros tiene derecho a tener la suya propia y a estimarla más que cualquier otra, entonces la existencia de la autoridad racional no lo contradice. Si por “valer igual” se entiende tener el mismo poder, es un hecho que nunca, y menos aún hoy en día, todas las opiniones tienen el mismo poder, y este poder no emana de ninguna autoridad, sino de los medios que esa opinión tiene para extenderse. De otra manera no se invertiría tanto en campañas electorales.

Por otra parte, no pretendo discutir si todas las opiniones valen o no igual. Suponiendo que efectivamente todas valgan lo mismo, lo que queda claro en el ejemplo citado es que no todas tienen la misma oportunidad de mostrar lo que valen, sino que esa posibilidad está más bien ligada a quién emite esa opinión y qué lugar ocupa en el entramado de la tecnología.

Cuando ocurre esto debemos hablar de demagogia y no de democracia. Platón ya advirtió hace muchos siglos del peligro intrínseco a toda democracia de convertirse en demagogia.



[1] Adela Cortina, La ética de la sociedad civil, 1994.

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