Hablar de libertad e intentarlo hacer con un mínimo de rigor supone entrar en
un terreno muy resbaladizo y lleno de trampas. Todos podemos ser presa de
ellas. Por ello ha sido un tema de reflexión constante en la filosofía política.
Esto quiere decir que hay muchos, antes que nosotros, que hicieron grandes
esfuerzos intelectuales para despejar este terreno. En nuestra mano está
escucharlos para impedir la banalización actual de esta idea, víctima del
discurso político profesional y sus urgencias.
La libertad
política, a diferencia de la moral, no consiste en tomar decisiones en una
situación dada, sino más bien en dotar de una cierta “elasticidad” a la
realidad humana, de manera que aumenten al máximo las posibilidades para que
cada cual pueda hacer todo lo que quiera –en la medida de lo posible- sin tener
que pagar un precio por ello.
Esta definición, aparentemente banal,
incluye sin embargo su propio límite: el “cada cual”. Si ese “cada cual” somos
cada uno de nosotros, está claro que no será libre políticamente una sociedad
en la que “algunos” puedan hacer muchas cosas a cambio de que “otros” puedan
hacer muy pocas.
Así, por ejemplo, si alguien me apunta
con una pistola, desde el punto de vista moral, yo puedo decidir obedecerle o
no (y ser un héroe). En este sentido, mi libertad moral no tiene ningún límite:
fácticamente puedo hacer incluso lo más peregrinamente improbable. Puedo
levantar el puño y gritar “viva la revolución” incluso sabiendo el riesgo que
corro. La libertad política consiste, sin embargo, en que esa heroicidad no sea
necesaria, en que yo pueda decir lo que pienso sin necesidad de tener que pagar
un precio.
La libertad política exige como poco
tres condiciones:
a) Una libertad jurídica.
O dicho de otra manera: unos derechos reconocidos y garantizados legalmente.
Cuáles deben ser estos derechos es ya materia de la filosofía política. Ahora
bien, estos derechos no pueden ser sólo un papel escrito, sino que se deben
reflejar en la realidad de la sociedad. Lo que nos lleva a la segunda
condición.
b) Una libertad fáctica o
material que haga que la anterior sea algo más
que una declaración de intenciones. Es decir, debo tener la tranquilidad de que
expresar mi opinión no tendrá represalias ni en los tribunales ni en la calle,
de que mi opinión será respetada y de que la diferencia entre opiniones sólo se
mide con el patrón de la racionalidad, de la argumentación, y de ningún otro
como pueda ser la casta, la raza, el género o la capacidad económica para
defenderla. Y esto nos lleva a la tercera condición.
c) La
libertad fáctica exige la igualdad
previa. La libertad sólo se puede dar entre pares. Así, por ejemplo, si no
hay una cierta igualdad económica, mi opinión no vale lo mismo que la de
alguien que posee sus propios medios de comunicación de masas, ya que no
concurrimos en igualdad de oportunidades, eso hace que toda apariencia de
libertad (de expresión, de pensamiento,…) sea ilusoria.
Esta breve caracterización no puede
evitar, aunque debe dejar para otro lugar y momento, las muchas paradojas que,
también en política, esconde el concepto aparentemente simple de libertad. Una
de ellas es la de la “seguridad”.
Sin seguridad no soy libre –si, por ejemplo, no puedo salir a la calle por
miedo-. Pero si mi seguridad implica una vigilancia de todas mis acciones,
pierdo mi independencia y mi libertad. En un país con un policía por ciudadano
no habría más libertad. Este fue uno de los frentes más polémicos en la filosofía política moderna.
Pensando en nuestro presente, por otra
parte, es interesante resaltar la equivalencia entre derechos y deberes.
Solemos identificar la libertad con “derechos” sin caer en la cuenta de que, en
la sociedad política, cada derecho lleva aparejado un deber. Así, si pensamos
por ejemplo, que la propiedad privada debe ser un derecho, estamos defendiendo
el deber de respetarla. Lo mismo vale para cualquier otro.
Esto me lleva a la siguiente reflexión
sobre la deriva que está tomando la acción política desde hace ya muchos años.
No hay otra manera de garantizar
nuestros derechos que a través de la intervención del Estado. Si esa garantía
ha de ser efectiva, el Estado debe poder intervenir en todos los ámbitos de la
vida privada en los que pueda surgir un conflicto de derechos.
En sociedades rurales pequeñas no es
necesaria esa exhaustiva intervención del Estado porque la misma sociedad, en
la que todos se conocen, se encarga de
establecer una serie de códigos que son respetados.
En las monstruosas metrópolis de nuestro
siglo no hay la más mínima garantía de que algún código moral compartido vaya a
ser respetado. Y a donde no tiene poder la moral, debe llegar el poder
político, entendido aquí como simple fuerza legítima. La pregunta obvia es
¿hasta dónde estamos dispuestos a permitir que penetre el Estado?

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