Como
tantos otros exiliados, en realidad refugiados políticos, Arendt emigró a
Estados Unidos que, como país símbolo de la libertad de iniciativa, de alguna
manera representaba el extremo contrario del totalitarismo vivido en la
Alemania prebélica. Todo esto es claramente manifiesto en su obra que comienza
con un estudio sobre el fenómeno del totalitarismo (Los Orígenes del Totalitarismo, 1951). Ya en esta obra ve el
totalitarismo como un acontecimiento absolutamente específico del s. XX,
claramente diferenciable de cualquier tiranía o del autoritarismo de otras
épocas y que está relacionado con la confusión entre lo público y lo social que
ya se da de manera inevitable en las sociedades capitalistas avanzadas aunque
lleven el rótulo de “democracia”. El totalitarismo es así una tentación siempre
presente en la democracia.
Este
punto de partida le llevó a estudiar las características propias de la Vida Activa tal y como había aparecido
en la Antigüedad llegando a una clara distinción entre las categorías de trabajo, producción y acción.
1) El ser humano tiene que trabajar para
subsistir. El trabajo implica una
serie de tareas de las que no permanece ningún fruto para el futuro. Todo lo
producido en el trabajo se consume de manera inmediata y nos devuelve a la constante
condición de indigencia material que supone la vida humana, finita y mortal. Necesitamos
del trabajo que se autoconsume cada día. El trabajo no está relacionado con el
ejercicio de nuestra libertad, sino que, por el contrario se inserta en el contexto
de nuestra finitud: la mayoría de nosotros no podemos elegir el trabajar o no
en el mismo sentido que no elegimos sobrevivir o no. El trabajo no es
agradable: la palabra, de hecho, proviene del latín “tripalium” que era una
tortura utilizada en la Edad Media. El trabajo es una actividad que nos
acompaña como humanos a lo largo de toda nuestra vida, y que nos hace humanos
(ni Dios ni los animales tienen que trabajar) en el sentido en que es algo con
lo que tenemos que cargar. En el mismo mito bíblico de la fundación de la
humanidad (y también en los de otras tradiciones) el trabajo es concebido como
un castigo de Dios. Es el castigo mismo en que consiste la humanidad, ya que a
través de su inevitable reiteración nos recuerda constantemente nuestra finitud,
nuestra batalla contra la muerte que, al final, siempre hemos de perder.
2) Otra actividad típicamente humana es la producción. Cuando la civilización
adquiere la suficiente complejidad como para que aparezca la división del
trabajo, se hace posible la existencia de personas que realizan productos
destinados a durar y perdurar más allá de los estrechos límites de la vida
individual. La producción abarca desde un simple utensilio de cocina a una
catedral. Toda obra humana, tenga utilidad o no, sea obra de arte o artesania,
escapa a los estrechos límites del trabajo, es hecha para ser utilizada una y
otra vez o para quedar en la memoria de los hombres. En este sentido se puede
decir que la producción apunta a aquella aspiración humana de perennidad, de inmortalidad.
Lo producido también nos precede, y, en este sentido nos proporciona las señas
de nuestra identidad: así ocurre con la casa familiar o la iglesia del pueblo o
las calles de la ciudad o los libros que hemos leído. H. Arendt es muy clara al
respecto, la producción no es ni más ni menos que la fabricación de un mundo.
3) Por último, hay una actividad que no dejamos
de ejercer en tanto que humanos junto a cualquier otra: el comportarnos
respecto a... (los otros, el mundo o nosotros mismos). La acción constituye para Arendt el campo específico de la política
puesto que se inserta en el reino de la libertad y de la virtud, en el terreno
de lo público donde cada cual es conocido “por sus acciones y sus discursos”
Este
esquema tan claro de la Vita Activa
que Arendt describe en su obra de 1958 La
Condición Humana está recogido de Aristóteles que lo elabora para subrayar
la diferencia con la Vita Contemplativa
la vida propiamente filosófica de la teoría y casi divina, la vida de la
felicidad pura, pero, por otro lado, inalcanzable para los hombres:
“Sin embargo, una existencia así (la de la vida contemplativa) podría estar por encima de la condición humana. El hombre no vive ya entonces en tanto que hombre, sino en cuanto posee un carácter divino; y en la rnedida en que este carácter divino aventaja a lo que es compuesto, en la misma medida esta actividad excederá a la que resulta de todas las demás virtudes. Si, pues, el nous, por lo que a1 hombre se refiere, es un atributo divino, una existencia conforme al nous será, por relación a la vida humana, verdaderamente divina. No hay, pues, que prestar atencion a las personas que nos aconsejan, con el pretexto de que somos hombres, no pensar más que en las cosas humanas y, con el pretexto de que somos mortales, renunciar a las cosas inmortales. Sino que, en la medida de lo posible, debemos hacernos inmortales y hacerlo todo para vivir de conformidad con la parte más excelente de nosotros mismos, pues el principio divino, por muy débil que sea en sus dimensiones, aventaja con mucho a cualquier otra cosa por su poder y su valor”.
Como
ya hemos dicho, la tesis propiamente filosófica de Arendt consiste en partir de
esta clara distinción aristotélica para entender la inversión que se ha dado en
ella a partir de Marx.
En primer lugar si bien el hombre primitivo tenía
que cazar y recolectar cada día para sobrevivir, actualmente vivimos en un
sistema más complejo en el cual se da un intercambio de nuestra fuerza (física
o intelectual) por dinero que, en parte, utilizamos para proveernos de los
medios de supervivencia necesarios. En el mundo moderno se mezcla el trabajo
con la producción. La sociedad industrial y capitalista, con su necesidad
inmanente de aumentar el consumo más y más, va produciendo cada vez más objetos,
que han de durar menos (para poder ser reemplazados cuanto antes) y que por
tanto ya no tienen vocación de perennidad ni de facilitar una identidad (esto lo evita el fenómeno de las
modas: la identidad efímera). A la vez, esta sociedad industrial también ha
confundido el trabajo con la producción, de manera que han desaparecido (casi
por completo) los artesanos y sólo hay obreros más o menos especializados. Un
obrero pertenece al mundo del trabajo, ya que lo que hace es intercambiar por
dinero (necesario para vivir) su fuerza (física o intelectual) de trabajo.
Desde el punto de vista de la producción que cada vez es más anónima, cada
obrero de los que forman parte de ella es sólo una pieza de una inmensa
maquinaria productora. Los obreros se especializan cada vez más en realizar
acciones muy simples y repetitivas, perdiendo de vista la totalidad del
producto; de esta manera aumenta la productividad de las empresas (esto es el
taylorismo y el fordismo), pero también la alienación de los trabajadores.
También es característico de nuestra sociedad la
sobreabundancia de bienes cada vez más superfluos, la durabilidad cada vez
menor de los productos fabricados y el incesante aumento de la publicidad para
crearnos el sentimiento de necesitarlos.
Así
tenemos, en primera instancia una confusión entre el trabajo y la producción.
Ahora bien, también la acción ha sido plenamente alienada de su sentido
original. Para demostrar esto, Arendt muestra la confusión contemporánea entre
lo público (o político) y lo social. Esto lo podemos ver en el siguiente texto:
«La polis se diferenciaba de la familia en que aquélla sólo conocía “iguales”, mientras que la segunda era el centro de la más estricta desigualdad. Ser libre significaba no estar sometido a la necesidad de la vida ni bajo el mando de alguien y no mandar sobre nadie, es decir, no gobernar ni ser gobernado. Así pues, dentro de la esfera doméstica, la libertad no existía, ya que al cabeza de familia sólo se le consideraba libre en cuanto que tenía la facultad de abandonar el hogar y entrar en la esfera política, donde todos eran iguales. Ni que decir tiene que esta igualdad tiene muy poco en común con nuestro concepto de igualdad: significaba vivir y tratar sólo entre pares, lo que presuponía la existencia de "desiguales" que, naturalmente, siempre constituían la mayoría de la población en una ciudad-estado. Por lo tanto, la igualdad, lejos de estar relacionada con la justicia, como en los tiempos modernos, era la esencia de la propia libertad: ser libre era serlo de la desigualdad presente en el hecho de gobernar y moverse en una esfera en la que no existían gobernantes ni gobernados»
La
diferencia que aquí se muestra entre la polis
y la familia es la diferencia
esencial entre lo público y lo privado. Ahora bien, el mundo contemporáneo,
después de Marx, es el inventor de “la sociedad” que es una especie de gran
familia administrada desde el Estado en la que se confunde la esfera pública y
la privada. El Estado se inmiscuye totalmente en los aspectos privados de la
sociedad (violencia de género, estados de ebriedad, cultivo de la salud y de la
seguridad, etc.) como si de una familia se tratase. Sin embargo, no hay ningún
ámbito fuera de la sociedad en la que todos seamos considerados como “pares”.
No lo es la discusión democrática contemporánea puesto que está controlada
siempre por el poder económico a través de los medios de comunicación. En el seno de la sociedad todos actuamos como
hijos (aunque sea “hijos rebeldes”) o como padres (que tutelamos las acciones
peligrosas de los ciudadanos). Observemos que esta confusión perpetua
constituye la inevitable tentanción totalitaria de la democracia. La esencia
del totalitarismo para Arendt es la eliminación de la pluralidad discursiva y eso
ocurre precisamente cuando la sociedad se comprende en términos de “familia” y
cuando el Estado puede legislar sobre nuestras relaciones íntimas y nuestra
vida privada. Ya que en ese caso, toda posible pluralidad discursiva es
eliminada de facto al hacer imposible
un modo alternativo de vivir (ej.: los okupas. En España está prohibido incluso
vivir en un camping de manera estable).
Así
pues ya no existe ninguna de las distinciones que marcaron los ámbitos propios
de la Vida Activa durante siglos. De esta confusión nace lo que Arendt llama la
“alienación del mundo”. El problema del hombre actual es que vive en un mundo
que no siente como suyo y que es incapaz de justificar ante sí o ante los
suyos, y para empezar, ante sus hijos, con lo que queda coartada de raíz la
educación en el sentido fundamental de que toda la tribu educa al niño. La
educación se ha convertido en un instrumento más que prepara para el mundo del
trabajo y la producción y cuando desde la tecnología de la política se pretende
también “educar en valores” todavía se hunde más el sistema en su propia
artificialidad: los valores no pueden ser otra cosa que el ejemplo de los
padres y tutores que creen en el mundo y lo defienden de la barbarie. Nada de
esto es posible en un mundo alienado que ya lleva dentro de sí la barbarie.

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